Devocional. Tu tiempo con el Número Uno. Un lugar….9 Enero

Que bueno saber que Dios sabe nuestro nombre, que en su infinito amor, nos ha dado un ADN que nos hace únicos y especiales. Somos su creación y él se deleita en nosotros. Nos ha llenado de dones, de talentos y nos los ha dado para que los pongamos al servicio de los demás y para que los multipliquemos.

El hecho de que Dios nos haya hecho diferentes y únicos, no quiere decir que estamos a salvo de mal interpretar dicha condición y de caer en la arrogancia, el orgullo,  el individualismo, la envidia y la inseguridad. 

Son precisamente ese tipo de comportamientos los que en algún momento de nuestra vida, nos convierte en un estorbo para Dios. 

Estorbamos a Dios cuando considero que yo puedo hacer mejor las cosas que los otros, cuando pienso mal sobre alguien o algo, sin conocer en detalle lo que ha pasado, cuando nos apresuramos a emitir juicios de valor sobre las personas y sus acciones. Estorbamos a Dios cuando en nuestro pensamiento somos necios y borramos la presencia de su Santo Espíritu y consideramos que podemos interpelar la conciencia de los otros.

Estorbamos a Dios cuando queremos ser los protagonistas y no damos la gloria a quien nos lo ha dado todo, a quien no escatimó ni una sola gota de su sangre para hacernos dignos de merecer el perdón, la misericordia y el arrepentimiento. Cada vez que nos hacemos protagonistas de nuestro dolor, de nuestra necesidad y de nuestro egoísmo, estamos dejando a un lado al que todo lo puede, al que todo lo sana, al que todo perdona y al que tiene el control total sobre nuestra vida.

Es Dios quien nos da la fuerza para hacerlo, la entereza de carácter para entenderlo y la humildad para reconocer su presencia. Así pues, podemos decir cada mañana: ¿quién soy yo para pretender estorbar a Dios?

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